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ASUNTOS LABORALES

sábado, 18 de abril de 2009

El ocaso árabe de Maicao

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Foto: Iván Darío Herrera

Con su número reducido a una cuarta parte, la colonia árabe de Maicao ya no vive las bonanzas de otros tiempos, pero permanece fiel a su cultura y a sus tradiciones bajo la resolana guajira.

Es el día 16 del mes 2 del año 1430. Un hombre recorre a la sombra los doscientos metros que separan su casa de la mezquita Omar Ibn Al Khattab. Arrastra sus chanclas de cuero por una de las pocas calles del pueblo que la arena del desierto y el viento del mar no han horadado. Va murmurando algo en voz baja. 

Viste una túnica gris y en la mano izquierda lleva un collar de cuentas. El hombre, de casi dos metros de altura, es conocido como El Sheick y el pueblo en el que vive se llama Maicao, que en la lengua de los antiguos habitantes de la región, los indios Wayuú, significa tierra del maíz. Llegó sin saber una sola palabra de español y después de tres años sigue sin saber por lo menos cómo decir "hace calor".  

El calendario por el que se rige es el musulmán y su responsabilidad pesa igual que una gran piedra de río sobre el pecho de un niño. El hombre llegó para confortar las almas de los libaneses, sirios, palestinos y descendientes que viven en la población fronteriza, tan sólo a dos horas y media de Maracaibo, Venezuela. 

El nombre del Sheick es Abdul Basit y nació en Egipto, en una ciudad al sur del Cairo. Tiene los labios gruesos, una mirada recia, algo soberbia, como la de una pantera o un veterano actor inglés de teatro. Es el primero de su familia que se convirtió en pastor de almas. Estudió teología en la Universidad Al-Azhar, uno de los centros de estudio más viejos del mundo, fundado en el año 988 de nuestra era. Una vez terminó sus estudios se puso a disposición del Ministerio de Asuntos Religiosos de Egipto. 

De una de sus dependencias vino la orden para ser el Imán -modelo espiritual- de una de las mezquitas más grandes de Latinoamérica. La mezquita de Maicao tiene un minarete o torre de 31 metros de altura, coronado por una media luna de cobre que refulge a kilómetros de distancia. Todos los viernes sale de sus entrañas una voz pregrabada que repite: "Allahu akbar, allahu akbar, allahu akbar", que significa "Alá es grande". La frase hace parte del llamado a la oración del mediodía, en el día sagrado para los musulmanes.

El Sheick llega a paso lento a la esquina donde se levanta la mezquita inaugurada el 17 de septiembre de 1997, tras dos años de trabajos dirigidos por el arquitecto Dr. Alí Namazi. Fue él quien concibió los vitrales con estrellas de 8 puntas y otras figuras geométricas y mandó a traer el mármol de Venezuela para los pisos y los baños, donde los fieles realizan sus abluciones antes de pasar al recinto principal, al que deben entrar descalzos. Sobre bancas de piedra y por separado, hombres y mujeres se purifican antes de la oración. 

Empiezan por lavarse las manos, hacen un buche de agua en la boca, se limpian la nariz, se refriegan la cara, los brazos, primero el derecho, luego el izquierdo, se mojan el pelo, las orejas por dentro y por fuera y terminan con los tobillos, los pies y los dedos. Siempre en el mismo orden. Una vez limpios pueden pasar a oír las palabras de su jefe espiritual, los hombres en el primer piso, cubierto de pared a pared por un tapete que parece nuevo. Al fondo se instala El Sheick junto al tablero digital que marca el calendario musulmán y las horas a las que se deben realizar las cinco oraciones diarias obligatorias. Las mujeres suben a un segundo piso, mucho más pequeño, donde hay jihabs -velos- blancos o azules claros, disponibles para las que no los han traído. De su boca, que no conoce la lengua del país donde vive, salen palabras que incluso para los fieles musulmanes son difíciles de entender. 

El Sheick sólo puede oficiar la oración en árabe clásico, por eso necesita de un traductor al árabe vulgar o común. Ese trabajo lo realiza Pedro Delgado Moscarella, un samario de madre italiana que se convirtió hace 21 años al Islam.  
 
Delgado es el profesor de religión islámica del Colegio Colombo-Árabe Dar El Arkam, contiguo a la mezquita. Por él ya han pasado 17 promociones. De los corredores que llevan a las oficinas administrativas cuelgan mosaicos con fotos de muchachas y muchachos con nombres como Dalilah, Jamal o Khaled y uno que otro solitario Francisco o Jimena. Solo el diez por ciento de los alumnos son colombianos. También hay varias fotos de El Sheick en el cuadro de autoridades que atestiguan el cambio de este egipcio destinado por la gracia de Alá a vivir en un pueblo que hoy no es la sombra de lo que fue. Quien sabe si alguien le habrá hablado del tiempo dorado de Maicao, cuando era puerto libre y se conseguían electrodomésticos que podían pagarse con monedas. Quien sabe si le importe o no, aunque parte de las penas de sus fieles deben estar relacionadas con los recuerdos de los años de bonanza, cuando la comunidad árabe sumaba casi cuatro mil personas. Hoy sobrepasan apenas las mil. 

La mayoría son libaneses que partieron del Valle de Bekaa, ubicado al oriente del país, a 30 kilómetros de Beirut, lugar en el que alguna vez se cultivó la mejor marihuana de la región y que acoge a varios viñedos que producen hasta seis mil botellas al año. Ambos productos, vino y marihuana, están totalmente prohibidos en la dieta de los musulmanes. 

El profe Delgado va de un lado a otro del colegio hablando árabe a la perfección. Saba'a AlKair (Buenos días), le dice a una profesora siria. Kam Al sa'aa (¿Qué hora es?) le pregunta a una niña de padres de enormes ojos azules que se encuentra en el recodo de unas escaleras. Es una de los 520 estudiantes que sueltan una salva de aplausos cada vez que se anuncia el inicio del Ramadán, el mes sagrado musulmán que mezcla el ayuno durante las horas del día y suculentas comidas una vez se pone el sol. Delgado aprendió el idioma en la ciudad de Medina, Arabia Saudita, donde además terminó su conversión al Islam con una visita a La Meca. "Fui muy afortunado, muchos musulmanes de nacimiento no pueden visitar este lugar sagrado y se mueren muy tristes de no poder hacerlo. Yo estuve un par de veces", dice mientras le pide al tendero del colegio un par de baclavas, pastelitos hechos con una pasta de nueces trituradas y bañado con miel. 

El tendero tiene una historia igual de poderosa que la del profe. Su cara está a punto de resquebrajarse por tanto sol recibido y su prominente nariz parece un accidente geográfico, casi una extremidad más. Lleva una camisa roja abierta hasta la mitad de un pecho peludo selvático, la cabellera con la que Elvis soñó toda su vida y un carácter esculpido por años y años de vivir en Puerto López, en la Alta Guajira, donde el termómetro pude trepar hasta los 45ºC. De ahí se trajo ochenta chivos que levanta en un lote baldío al lado del colegio. Los animales enflaquecidos, casi achicharrados, se pueden ver pastar desde el pre kínder, otro edificio a dos cuadras del colegio y la mezquita. "Hasta aquí llegaron los gringos preguntando cosas después del 11 de septiembre. No entendían por qué los buses del colegio tenían placas venezolanas", como si medio Maicao, o incluso la mitad de la Guajira no las tuviera. 

La paranoia de hace ocho años tocó a las puertas de la comunidad árabe más grande de Colombia y la mejor manera de conjurarla fue invitar a los investigadores a que recorrieran el colegio, la mezquita y el pre kínder y escudriñaran sin reservas. Total, no había nada en absoluto que esconder. Los sabuesos, derretidos por el calor, se fueron tal como llegaron, sin encontrar una caleta de armas o dos hombres bomba listos para el martirio. En su lugar vieron antiguos juegos de té sobre repisas y cuadros con versículos del Corán cosidos en hilos dorados. 

El más impresionante de todos, de un metro cincuenta de alto por uno veinte de ancho contiene los 99 atributos de Dios, o sus nombres según el libro sagrado. Frente al cuadro, Delgado recita algunos: " El clemente, el misericordioso, el soberano...". De acuerdo con lo dicho por el profeta Mahoma "Dios tiene noventa y nueve nombres, cien menos uno. Quien los enumere entrará en el paraíso. Él es singular y le gusta que sus nombres sean enumerados uno a uno". Delgado continúa sin darse cuenta: "... el más sagrado, el dador de paz, el guardián de la fe".

 La oración del mediodía se termina y El Sheik se queda atendiendo a aquellos que desean hacerle una consulta cara a cara. La mayoría de las veces tienen que ver con la vida matrimonial o problemas familiares. Después recorre los doscientos metros de vuelta a su casa y almuerza algún plato árabe cocinado de acuerdo con leyes dietéticas o halal. El Sheick, como sus fieles, cuando quiere carne en su plato solo puede consumir animales muertos mediante una rápida y precisa incisión con una cuchilla.

La carne permitida no incluye al cerdo, poco menos que el demonio para un musulmán. Cinco cuadras más allá de la mezquita y la casa del líder está la carnicería y restaurante El Oriente, donde un hombre joven, ancho de espaldas y de bigote entorchado, casi de pesista de circo, es el encargado de los sacrificios. Su técnica es perfecta: corta la vena yugular del animal y la arteria carótida pero deja intacta la espina dorsal, todo con el fin de conseguir un mejor drenaje de la sangre y por lo tanto mayor higiene de la carne. 

Cuando no está manejando la cuchilla, el hombre pega su boca a un cigarrillo y una taza de té y se pierde mirando una calle por la que cada vez pasan menos personas.  En las buenas épocas Maicao parecía un bazar marroquí, repleto de comerciantes y clientes en el que hasta los carretilleros se daban una vida de lujo. "Los tipos desenguayababan el whisky de la noche anterior con vino espumoso de manzana. Eran tiempos en que las calles estaban peor que ahora pero la plata nadaba. Ahora medio pavimentaron y apenas uno puede hacer lo del almuerzo", dice Guillermo, un paisa que llegó a mediados de los años setenta, casi al mismo tiempo que la gran migración árabe. 

Guillermo tiene uno de los pocos locales donde todavía se consiguen licores extranjeros de marcas inimaginables. "Mire por ejemplo esta botella de litro de Famosa perdiz, un whisky buenísimo. O este vodkita ruso. Aquí ya nadie tiene de esto". En la puerta del local un amigo del vendedor, con una mini Heineken en la mano, mira el edificio más grande del pueblo, el Hotel Maicao, el único que todavía permanece con la pintura intacta. "Nadie sabe cuándo construyeron ese hotel. Siempre ha estado ahí. Ahora el chisme es que dizque lo compraron los hijos de Uribe. Yo no creo, para qué si nadie ya se asoma por aquí", y termina en dos sorbos la botella de cerveza.

Alguno que otro comerciante aún se hospeda en el hotel de tres estrellas y trece pisos, y a veces sube a la terraza y cena una pizza o un plato internacional, como reza una carta que se niega a sacar de la sección de licores la mítica botella de Old Parr con la que se cerraron tantos negocios, aunque ahora cueste lo mismo que en cualquier supermercado. Junto a Guillermo se quedaron a vivir hombres como Michel, un libanés dueño de una tienda que alguna vez fue boutique. Hoy los maniquíes andan rodando por ahí sin cabeza y los rollos de tela se destiñen en la penumbra. En el desorden de la vitrina principal se acumulan cadenas y pulseras de plata que se oxidan junto a las cafeteras y a tres fotos descoloridas del dueño en tres etapas diferentes de su vida: cuando llegó a Colombia a los 30 años, cuando fue rico diez años después y cuando la suerte alzó vuelo. 

En la misma calle vive un pastelero árabe de bigote canoso que todas las mañanas saca bandejas repletas de blacavas sin importar que en el pueblo poco a poco van quedando solo viejos como él, algunos deteriorados por la diabetes. Igual, el pastelero se para en sus chanclas marca Cauchosol, que apenas logran retener sus gordos pies, y detrás del mostrador atiende sonriente, como si en cualquier momento fuera a llegar una de esas turbas de antes, cargadas de perfumes, botellas de trago, televisores, aires acondicionados y tenis, que hacía un alto en la jornada de compras para tomarse un Maltín Polar acompañado de un dulce de pistacho, cubierto de un almíbar preparado con agua, canela, azúcar y jugo de limón. Una receta que viene de los tiempos en que Mahoma y Maicao todavía estaban vivos.  

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